Constantemente estamos bajo la influencia de estímulos externos e internos de toda clase. Muchos de ellos reclaman nuestra participación, es decir, demandan de nosotros cierto tipo de respuesta. A veces las situaciones nos exigen rapidez y definición. En estos casos aparece frente a nosotros un menú de respuestas posibles que están previamente construidas sobre la base de experiencias pasadas o puntos de vista socialmente compartidos. Tales respuestas no son necesariamente el resultado de una elaboración intencional sobre la que hayamos reflexionado sin más bien un archivo de datos parciales, dichos de terceros, fragmentos de información e interpretaciones subjetivas que se han ido acumulando de manera azarosa. Este archivo conforma nuestro cuerpo de creencias no comprobadas ni examinadas con suficiente juicio crítico.
Sin embargo, le otorgamos una categoría que no le corresponde: llamamos a esto "pensar". Introducimos estos datos de archivo con frases como las siguientes:
• “Yo pienso que…”,
• “Creo que lo mejor es…”,
• “En esta situación hay que…”.

Este proceso es posible porque, de algún modo, el archivo ha reemplazado nuestra capacidad de captar, pensar, elucidar, ponderar, indagar y examinar objetivamente.
Por ejemplo, no nos dedicamos a examinar nuestras experiencias anteriores para contextualizarlas y reconocer que lo que pudo haber sido útil o adecuado ayer podría no serlo hoy. Tenemos así, por un lado, la capacidad de pensar y, por el otro, un corpus de creencias, un archivo de donde se sacan respuestas ya construidas para aplicar a las distintas situaciones sin discriminación de nuestra parte.